Cuando tu perro se detiene en mitad del paseo a oler un poste, una esquina o un parche de pasto, probablemente sientes la tentación de tirar de la correa y seguir caminando. Es comprensible. Para ti, no hay nada ahí. Para él, hay una historia completa.
El ser humano es una criatura visual. Más del 80% de la información que procesa nuestro cerebro llega a través de los ojos. El mundo que habitamos es, fundamentalmente, un mundo de imágenes. El del perro es otra cosa: es un mundo de olores. Con entre 125 y 300 millones de receptores olfativos — frente a los aproximadamente 6 millones que tenemos nosotros —, y una región cerebral dedicada al olfato proporcionalmente mucho mayor que la nuestra, el perro no huele el mundo: lo lee.
Ese poste que para ti no tiene nada dice, en cambio, quién pasó por ahí, cuándo, en qué estado de salud, con qué nivel de estrés y qué intenciones traía. Es, literalmente, el periódico del día. Y tu perro lo está leyendo.
Entender esto no es un dato curioso. Es una herramienta. Porque cuando comprendes que tu perro habita un universo perceptivo radicalmente distinto al tuyo, muchas de sus conductas dejan de parecer caprichosas o lentas o desobedientes, y empiezan a tener el sentido que siempre tuvieron.
Permitirle olfatear no es perder el tiempo. Es respetar el idioma con el que entiende el mundo. Aprende más al respecto en nuestro nuevo libro Mente sana en perro sano, disponible ya en Amazon.




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